Cuentos de gatos, perros y uno que otro disturbio mental
“Tormenta y la Batalla del Queso Volador”
En el barrio de los techos rotos, donde las palomas hacían
conciertos sin talento y los ratones usaban capas como si fueran héroes, nació
Tormenta. Era un gato callejero con ojos chispeantes y pelaje tan alborotado
que parecía haber peleado con un secador de pelo encendido.
Su mamá, Panchis, era la gata más sabia del barrio. Decían
que podía hablar con los grillos y que una vez había vencido a un perro solo
con una mirada... aunque, bueno, era un cachorro.
Un día, mientras Tormenta practicaba saltos ninja sobre
latas de sardina vacías, Panchis le dijo:
—Hijo, es hora de que te adopten. La vida callejera está
bien para aprender, pero los sillones y las croquetas tienen sus ventajas.
Tormenta fue adoptado por una niña llamada Luna, quien le
daba abrazos inesperados y le hablaba como si fuera una celebridad. Todo iba
bien… hasta que conoció a Max.
Max era el gato del vecino. Pompón blanco, collar de
diamantes falsos y una arrogancia tan grande que necesitaba dos cajas de arena
solo para él. Y lo peor: ¡era experto en manipular humanos para conseguir
bocadillos gourmet!
Tormenta trató de llevar la fiesta en paz, pero Max lo retó
con una misión: “El que consiga el legendario Queso Volador, que flota
sobre el tejado de la panadería embrujada, será el rey del vecindario.”
Así comenzó una aventura épica: Tormenta, con la ayuda de
Panchis (que tenía contactos con una rata vidente), cruzó callejones
encantados, peleó con escobas vivientes y escapó de una lavadora poseída.
Mientras tanto, Max se maquillaba las garras y se tomaba selfies.
Finalmente, Tormenta llegó al tejado embrujado, saltó justo
cuando el queso flotaba en círculo y ¡lo atrapó en el aire mientras hacía una
pirueta felina! Max, que solo había llegado a medio camino porque se distrajo
en una sesión de yoga gatuno, se quedó con cara de “¿Meow?”.
Desde ese día, Tormenta no solo ganó el respeto del barrio…
también el sillón favorito de Max (porque Max, dramáticamente, se mudó a la
casa de su tía).
Y así, entre risas, croquetas y aventuras, Tormenta aprendió
que ser auténtico, valiente y tener una mamá como Panchis… es mejor que
cualquier collar brillante.
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